Por Carlos Rehermann

Torres García

Fuente: Museo Torres García

En Uruguay se considera casi unánimemente que Joaquín Torres García ha sido el máximo artista de todos los tiempos. Cualquier visitante del museo montevideano que lleva su nombre puede comprar copias de su “compás áureo”, especie de fetiche que simboliza el canon que rigió, si no su obra, al menos sus ideas. El nombre que escogió para su corpus tiene la aspiración de trascender culturas: universalismo constructivo. A medias entre la mística y la ergonomía, numerosos sistemas modulares se difundieron a partir de las vanguardias de principios del siglo XX.

La herencia de Torres, y la influencia de otros maestros de discurso filoso y gesto decidido, ha convencido a muchas personas de que la sección áurea es una especie de valor natural, universal, dador automático de armonía.
La intención de Torres era revolucionaria en un sentido tan artístico como político. Partiendo de la imposibilidad de escapar de la historia, Torres planteaba ejercitar los principios heredados. Su gesto gráfico de invertir el mapa colocando el sur arriba se unió con su intención de promover un ismo desde el sur con vocación conquistadora (universalista): una contraofensiva que empleaba las mismas armas que antes nos habían vencido, como el guerrillero que se apodera de los fusiles de los soldados.

Pero esa conciencia de una militancia que intenta conquistar el mundo se ha desvirtuado por causa de una pobre lectura que se insiste en continuar difundiendo. Se invierten los términos: Torres vale, según esas tristes opiniones, porque usaba la sección áurea (en cambio, lo cierto es que la sección áurea sirve porque la usaba Torres).

No hace mucho, un entusiasta docente a cargo de un taller de artes visuales organizado por la Intendencia Municipal de Montevideo decía que la validez natural y universal de la sección áurea explica la importancia de Torres. Ponía ejemplos de arquitectura griega, donde ciertas proporciones siguen esa razón matemática, y hablaba de que en la naturaleza se encuentra frecuentemente esa proporción.
Llegó incluso a decir que los jardines secos japoneses inspirados por el budismo zen, que representan un mar con gravilla y las islas japonesas con masas de piedras, están organizados según la sección áurea. Una impecable ignorancia al servicio de una tesis nefasta. Ni los griegos, ni los japoneses, ni la naturaleza sintieron nunca el menor interés por la sección áurea, salvo excepciones que se pueden contar con los dedos de una mano.

Errores semejantes tienen un sentido (aunque escape a la percepción del que los comete): intentan legitimar una acción artística mediante secretos universalmente verdaderos. Desaparecen las diferencias culturales: el arte no es una cuestión del aquí y el ahora, sino una adecuación a unas matemáticas superiores, inmanentes. Hegel no lo diría mejor: “el arte es la representación del ideal”.

¿No podríamos aceptar un poco de inseguridad? El arte es esto que hago: tómalo o no, pero no me pidas que te lo explique mediante las matemáticas u otras exosofías. Según esa concepción, el arte no construye su propia historia, sino que es una especie de afección, un plegarse a determinados ideales o valores eternos. Es una visión que parte de la aceptación de una jerarquía basada en un saber y no en un hacer. Y nuestro lugar, país periférico y pequeño, débil y simpático, no nos puede permitir el acceso a ese saber. Se trata de una visión conservadora, que insiste en dejarnos a la cola de lo que otros comienzan y promueven.

Links de interés:

Museo Torres García /   Museo Nacional de Artes Visuales (Uruguay)

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